domingo, 5 de julio de 2020

El Principito: Análisis a fondo de Frases del libro (Post Complementario – Parte 8) / Reseña Literaria

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El Principito es un libro en donde en un solo párrafo se puede leer casi la misma cantidad que en un capítulo entero de cualquier libro de páginas promedio, y no porque sus párrafos tengan miles de palabras (eso sí que no tuviera sentido), pues el hecho es que no es necesario escribir tanto para decir mucho, así como escribir mucho no significa que digas tanto. Antoine de Saint-Exupéry, el autor, tuvo el don —quizá sin saberlo— de expresar mucho con pocas palabras. Deducimos que su “imaginación de niño” aportó mucho a esto. Leer un capítulo de “El Principito” no toma ni cinco minutos, pero con eso es suficiente para hacernos pensar por muchas horas acumuladas sobre el mensaje (o mensajes) que no se comprenden, varias veces, al primer repaso. Por eso, si leíste El Principito sólo por una vez, no pasará mucho hasta que lo vuelvas hacer, y sin darte cuenta, ya te habrás memorizado al menos una docena de sus frases.

Y para hacer de este modo homenaje a la obra de Saint-Exupéry, es que —como lector fan— decidí hacer esta serie de análisis a fondo de sus frases. Hoy, nuevamente, les traigo otro trío de frases, elegidas al azar. Échenle, por favor, una lectura:


Frase 22: “Únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios.

Respondió el guardagujas al Principito. La inocencia de los niños no conoce de límites, así como su curiosidad. Ambas van de la mano. Cuando el Principito se pone a conversar con el guardagujas o ferroviario, el hombre nota inmediatamente la ingenuidad del muchacho, su candidez a flor de piel, pues todo lo que decía era solo lo que alguien con corazón puro era capaz.

Cuando uno es niño no se fija en "el qué dirán", aún la vergüenza no se define del todo a tan corta edad. Hacemos (hicimos) muchas travesuras tal vez, pero ninguna con malas intenciones, porque la malicia aún no se manifiesta o no forma parte del ser aún; esta aparecerá a medida que vayamos viendo la realidad del mundo, pudiendo decir que los años previos a la adolescencia, ya se van observando las primeras señales.

Un niño se acerca a un mostrador o una vitrina para ver qué hay dentro o detrás éste. Se pega tanto, que presiona su cara hasta quedar con la nariz aplastada. Sus ojos fijos en su objetivo, deseoso de querer lo que ve o curioso de saber lo que es o para qué sirve. Hasta se llega apoyar las manos sobre el vidrio, quizá en el vano intento de traspasarlo. ¿Les pasó eso? Creo que a casi todos en su niñez.

Pero la historia no termina ahí, como ya sabrán. Si la madre o el padre están cerca, ellos no tardarán en ser abordados, ya sea con un jaloneo de brazos o una pataleta de esas clásicas, que muchas veces acaban en berrinche escandaloso. Pero, el niño solo hace lo que sus deseos le dictan, a tan temprana edad es difícil controlar las emociones, y esto seguirá si la educación no toma mano dura. Allí es donde el jefe de familia debe inculcar a fortalecer la inteligencia emocional. Lamentablemente este aprendizaje tiene un doble efecto, tanto positivo como negativo. El niño, gradualmente, irá perdiendo la inocencia con la que vino al mundo, dado que conocerá la cruda verdad de cómo funcionan las cosas: no siempre se obtiene lo que se quiere. Pero luego, si el joven aprendiz tiene unos padres aún más experimentados y bondadosos, de paso muy proactivos, el niño crecerá con la enseñanza de luchar por cumplir sus sueños, teniendo muy en claro la distinción entre estos y los caprichos, cada uno muy distinto al otro. Así como también buscará alcanzar sus metas y lograr sus objetivos, sabiendo diferenciarlos de los deseos, que son más bien momentáneos y poco beneficiosos a la larga.
Elegimos nuestras prioridades impulsados —mayormente— por el deseo, sin pensar más allá. Tomamos lo que se nos antoja, y, si no podemos tener ese algo o alguien, presionamos con fuerza. Pero si aun así no lo conseguimos, insistimos más, muchas veces ya en vano porque nada de lo que hacemos da resultado. Eso llena de frustración, que en lugar del clásico berrinche de niño, ahora las reacciones puede ser mucho más violentas o impredecibles. Si de niños no aprendimos a controlarnos, de adultos será desastroso, al grado incluso de cometer alguna locura que después nos podamos arrepentir. El autocontrol se adquiere en el transcurso de nuestras vidas, así cómo saber elegir bien nuestras prioridades. Es importante eso, para saber a dónde dirigirse y evitar bregar en asuntos o metas que nos convienen: que a simple vista atraen pero que no convienen.

El capricho no debe tomarse por objetivo de vida, ni mucho menos por sueño o meta. Eso debe quedar en la niñez, porque esta etapa debe ser considerada siempre como aprendizaje del control de las emociones y formación de la personalidad. El Principito se encontraba pasando por dicho periodo. Su proceso de descubrimiento y autodescubrimiento formarían las bases para madurar como ser humano. Durante el libro, de inicio a fin, el lector nota la evolución del muchacho. Con cada persona que conversaba aprendía algo nuevo, con cada lugar visitado ganaba una experiencia nueva, con cada día fuera de B-612 dejaba de ser niño. La vida del Principito estaba marcada por una serie de acontecimientos que le ayudaron a crecer espiritualmente, algo que pocos hombres y mujeres se lo permiten. El niño fue adoptando todo lo positivo de sus experiencias, y todo lo negativo le servía de mucho para compararlo y darse cuenta que no le hacía feliz, ya que la felicidad es el fin de todo ser humano, pero no la felicidad que produce el placer efímero o el gusto inmediato, sino la felicidad que perdura, la verdadera felicidad. Y lo sorprendente de todo esto, es que el Principito lo sabía. El niño conocía que dirección le convenía seguir. Puede que no dejara la costumbre de pegar la nariz a los vidrios, pero no impulsado por el capricho ni la obstinación, más bien avivado por la admiración y la curiosidad, la sorpresa de ver algo ignorado hasta el momento y la búsqueda del conocimiento a través de los mismos hechos. El postre de apariencia más apetitosa no suele ser siempre lo que se ve a simple vista. Elegir el que verdaderamente sí tiene el mejor sabor requiere de un sentido de la intuición muy desarrollado, y que solo se adquiere mediante la experiencia. Con esto sabemos que en la vida no solo se tiene que ser inteligente, además de eso, ser intuitivo es un requisito indispensable para poder lograr los objetivos a pasos más certeros y ágiles.

Que el personaje de un niño nos enseñe a cómo vivir, a través de un libro que más luce como infantil, es algo sutil y asombroso a la vez, porque el autor no lo presenta como material de lectura de autoayuda tampoco como una guía para ser mejor persona. El Principito es un libro para descubrir lo que uno mismo ya sabía, pero que hacía falta ponerlo en práctica. Te hace recordar en qué fallaste y qué debes hacer (o no hacer) para corregir o enmendar tus errores. Por ejemplo, si te seguías encaprichando por conseguir algo o alguien que no es para ti, recordarás que de niño tus padres te decían que si comes mucho el pastel de chocolate que venden varias tiendas con exhibidoras, te enfermarás por acumular mucha azúcar en tu organismo. Y sabemos muy bien, que todo exceso es dañino, ya sea para el estado mental o de salud. Así que, a elegir bien pensando y no ser precipitados ni impulsivos en nuestros proyectos.


Frase 23: “Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada; compran las cosas ya hechas a los comerciantes; pero como no existe ningún comerciante de amigos, los hombres ya no tienen amigos.

Dijo el zorro al Principito, mientras le pedía que le domestique, es decir, cuando le pedía que empezaran una relación de amistad. Tal y como lo hemos leído en el libro, el zorro y el Principito compartieron un tiempo juntos y aprendieron el verdadero significado de la amistad. Muchos párrafos referentes a esto, pueden leerlos en anteriores posts de análisis de frases de la obra de Antoine de Saint-Exupéry, que pueden fácilmente buscarlos haciendo clic en el icono del Índice habilitado al inicio de la entrada.

La vida del ser humano se está volviendo cada vez más materialista con el paso de los años. El ritmo acelerado de las actividades hace que no se tenga más tiempo para darnos un espacio más humano, ya sea con la propia paz del ser o a través del contacto psicológico y espiritual con los demás. Actividad que ahora llamamos una “pérdida de tiempo” o, peor aún, una “sonsera” que aburre y te atrasa. “No hay tiempo para eso”, dicen casi todos, pensando que solo lo pueden hacer las “personas aburridas” como suelen designar. “Tengo que trabajar” es el principal mantra que es escuchado en la sociedad moderna. Dejamos muchas veces que el trabajo nos consuma y no podamos ver más allá. No se afirma que el trabajo sea una carga o es malo, muy al contrario, pues éste es una de las ocupaciones más dignas de elogiar; sin embargo, cuando solo te dedicas a eso, sin darte un respiro, sin darte el gusto de disfrutar de la vida, sin permitirte una sonrisa sincera, serás esclavo día y noche. Tal vez ahora no tengas opción, porque si dejas de hacerlo, dejaras de comer o ayudar a tu familia; pero no debemos perder la esperanza de que pronto el esfuerzo traerá sus recompensas y podremos disfrutar de los frutos.
Mientras más actividades tengamos que hacer, menos tiempo tendremos para dedicarnos a cosas que realmente nos ayudarán a crecer como seres humanos, tal vez no en riquezas o fama, pero sí en cómo llegar a ser una persona realmente feliz y libre, una persona sin ataduras, sin preocupaciones y en paz consigo mismo y con el resto. Obviamente que si eres pobre, no tendrás otra opción que seguir dándole con empeño, hasta salir adelante. Una vez se llegue a eso, también tendremos muchas oportunidades de hacer amistades y trabar relaciones que nos llenen el espíritu, alejándonos del materialismo y el consumismo que ensucian nuestras mentes, que ataca a todas las clases sociales, desde la más pobre hasta la más rica. La erradicación de esta idea y costumbre parte de uno mismo. Es difícil pero no imposible.

Todo el mundo sale de compras, la naturaleza del hombre es querer lo que le gusta, y todo lo que muestra un comerciante puede llamar la atención o causar curiosidad. Todo negocio es así. El propósito es meterse en tu cabeza y hacerte creer la necesidad de adquirir lo que ofrecen. Somos negociantes, compramos, vendemos, regateamos y hasta mentimos por tener algún beneficio. Así funciona el mundo. Muchos vivimos del comercio, y eso está bien, pero lo que no está bien es empecinarse en acumular cosas, que a la larga no te servirán o que no tardarán en perder su valor.

La amistad no se compra ni se vende, la amistad se gana, la amistad se aprende a conservarla y a reforzarla. Podrás tener la mejor tecnología en entretenimiento pero, si no tienes un amigo, nada tienes. Podrás conversar con cientos de personas al día, pero con ninguno quizá puedas tener una conversación de amigos, tal vez todos con quienes te relaciones no llegues a nada más que un simple intercambio de palabras. La mayoría de adultos evita conocer más a fondo a ese alguien y se conforma con un “hola” y “chao”, porque dicen no tener tiempo o que necesitan cumplir con actividades que ellos consideran las más importantes.

El zorro conocía muy bien a los hombres, porque observaba siempre su comportamiento. Tal vez a un comienzo pensó que el Principito sería como ellos, por eso su aclaración del asunto a través de frases puntuales y bien escogidas. Pues cuando dice “no existe ningún comerciante de amigos” da a entrever que la amistad no se comercializa, no se ruega, es decir, no se paga para tenerla. La amistad emerge sola, de manera espontánea, sin ninguna presión, ya que nace de una necesidad sincera y compartida. Esto vendrá cuando dejamos de pensar solo en nosotros mismos y demostremos algo de empatía.

El mejor regalo que dos amigos pueden ofrecerse es su tiempo. ¿Y por qué? Porque, realmente, el tiempo representa la vida, y la vida de cada uno engloba todo lo que recuerda, si la pierde, se acaba todo lo que tiene soñado. Por tal razón, el tiempo cuenta con un gran valor, dárselo al menos un poco al prójimo estás siendo generoso, porque detuviste tus actividades para dedicarte a ayudar a otro. Le dedicaste minutos u horas de tu valioso tiempo sin pedir nada a cambio, acabando con cualquier indicio de egoísmo. Lo mejor viene al final, cuando te sientes satisfecho por haber servido, feliz por haber dado felicidad. Todo lo que haces regresa a ti, recuérdenlo. Es el efecto rebote y depende de la fuerza con la que lances, dichos actos te serán devueltos. Eso es la ventaja de hacer cosas que no sean solo las tuyas. Tampoco esperes nada a cambio, porque si es así, ya no estarás siendo bondadoso, al contrario, estarás siendo egoísta e interesado, la típica actitud del político.

El Principito y el zorro nos dejan un gran ejemplo de la verdadera amistad. El tiempo que ambos se dedican les ayudó a evolucionar espiritualmente, y de paso a afianzar sus virtudes y a forjar otras nuevas.


Frase 24: “Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.

Esta frase no es pronunciada por ningún personaje, es el mismo narrador que la cita en el capítulo del vanidoso, en donde el Principito conoce a este singular sujeto, quien es nadie menos que la viva personificación del narcisismo.
Cualquiera que se crea superior y que al mismo tiempo tenga la perenne necesidad de ser admirado está claro que requiere de ayuda psicológica inmediata. Pues este tipo de persona siempre esperará ser aplaudido o querrá escuchar una apreciación de cualquiera, y si esto no llega a pasar, no tardará en sumirse en una absoluta y absurda depresión. Amor propio es de lo que carece, por lo tanto, su autoestima está por los suelos. Se atribuye como el ser más hermoso, pero, eso lo que dice ser, es originado de la opinión de los demás y no de él mismo, es decir, no proviene de su interior, es obligatorio que otro hable bien de él para poder creerse tan bueno. Es como alguien que depende de las drogas para poder sentirse feliz. Para los admiradores, los aplausos, las loas o hasta los comentarios positivos en su perfil de red social son su droga. Los vanidosos se regodean con las frases zalameras de alguna multitud o con los millares de reacciones en sus fotos, y mientras más, mejor. Si bien casi siempre no sea suficiente, ellos pueden estar algo tranquilos cuando acaben un día con una dosis más alta de admiración.

Los vanidosos buscan ser el centro de atención y no desperdician la oportunidad de hacerse notar, hablan mucho, sin dejar de hacer ademanes, tal y como sucede con el hombre que conoció el Principito. A un principio puede tener un toque de divertido conversar con ellos, pero no pasa mucho hasta tornarse tedioso y molesto, ya que no casi te dan espacio ni para decir alguna frase, salvo que fuera solo algo positivo de él; tampoco te ven como tu semejante, sino como un ser inferior que solo debe admirársele y nunca estar en contra suya, porque cuando pase eso, es muy probable que pierdan la cordura y terminen en una soberana disputa, más si no eres de tolerar a un individuo tan arrogante y encerrado en su mundo egoísta. Lo peor, lo que dicen ellos es la verdad y no hay otra más, cualquier opinión en contra es repudiada, jamás respetada, ya que su palabra dice ser ley, así de tajantes, así de obstinados.

Los vanidosos odian la soledad. Es clásico ver a uno rodeado de personas, quienes por cierto ninguna de ellas es su amigo. Así es, los vanidosos no tienen amigos, por el hecho de ser uno de los tipos más egoístas. Tal vez, el Principito presintió que si seguía quedándose en el planeta del vanidoso, había una elevada probabilidad de sentirse aún más incómodo, y de hecho humillado por la exigencia del hombre con desórdenes mentales, precisamente, trastornos psicológicos. Definitivamente, todo vanidoso debe ser bajado de su nube, pero para que no resulte aún más afectado, de forma urgente, debe de ser tratado por un especialista en personalidad. Por su parte, el Principito hizo muy bien en alejarse y continuar con su viaje por el universo, el vio más allá del vanidoso y supo de antemano que no era buena idea seguir hablando con él.

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Hasta este momento he realizado el análisis a fondo de veinticuatro frases del libro “El Principitode Antoine de Saint-Exupéry, y escribí seis posts previos, sobre la sinopsis, personajes, resumen, crítica, conclusiones y recomendaciones; todos juntos hacen un total de cuarenta y dos mil palabras aproximadamente. Solo en este blog escribí dicha cantidad de palabras, pues además, tengo otro dedicado a noticias de actualidad y temas variados, en el que publiqué tres artículos sobre El Principito, que si bien no sumen muchas palabras, puedo decir que me dediqué más de lo esperado al inicio de la aventura de reseñar y analizar uno de mis libros preferidos. Todo este trabajo lo pueden encontrar de manera concreta y ordenada haciendo clic en el Índice, que está habilitado en forma de ícono al empezar los posts. Al revelar los detalles de esta hazaña no lo hago con el propósito de darla por finalizada. Los análisis sobre las frases de El Principito continuarán, pero también podrán leer las reseñas de muchos otros libros que iré publicándolas con la frecuencia que me sea posible.
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martes, 23 de junio de 2020

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El Principito: Análisis a fondo de Frases del libro (Post Complementario – Parte 7) / Reseña Literaria

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El Principito es un libro que se merece muchos posts, pues el autor, Antoine de Saint-Exupéry, dio en el clavo con esta maravillosa obra literaria infantil-filosófica. Hay frases de principio a fin, que si bien son escritas con un lenguaje sencillo, tienen un significado muy profundo. El Principito es el libro que más he recomendado en todos mis treinta y tantos años. Lo tengo en físico y en archivo PDF. Salvo casos excepcionales, al físico jamás pienso prestarlo. Si alguna vez tenga hijos o incluso nietos, solo ellos serán los privilegiados. Pero si alguien me pide mi único ejemplar, el que lo tengo siempre desempolvado en mi biblioteca, mejor le paso sólo el archivo en PDF.

En esta séptima parte de análisis de frases a fondo del libro El Principito, les traigo igualmente otras tres que elegí. Por ende, aquí les dejo con unos quince minutos más o menos de lectura. Espero lo disfruten:


Frase 19: “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso.”

Dice el zorro al Principito cuando inició su relación de amistad. Esto también se conocería como ansiedad o deseo, estar a la espera del ser querido, el momento previo al encuentro donde más nos ponemos nerviosos. El zorro y el Principito desarrollaron una especie de ritual que consistía en establecer un horario dónde ambos tuvieran tiempo para compartir sus vivencias.

Cuando tienes planes con tu mejor amigo o amiga, o una cita con la chica o el chico con quien estás empezando a salir, previo al encuentro, sientes que el corazón se te acelera de emoción. El día te sonríe cuando al fin pueden estar juntos nuevamente. Cuando existe la verdadera amistad el corazón se alegra. Hay veces que incluso, mucho tiempo antes de que se concrete el encuentro, se aguarda sin hacer más nada que estar sentado o andando de un lugar a otro. Deseamos que el tiempo corra más rápido pero luego nos damos cuenta que mientras más esperamos, más tardan en pasar los minutos. Queremos ocupar ese periodo de espera en muchas actividades que nos distraerán la mente, pero seguidamente nos viene el recuerdo de nuestro ser querido.
Que dichosos nos sentimos al saber que alguien que también nos quiere o ama mucho estará frente a nosotros para hacer lo que más nos gusta juntos o simplemente disfrutar de la compañía. La puntualidad suma muchos puntos porque a ninguno de los dos le gusta esperar tanto.

El zorro estaría preparado para recibir al Principito una hora antes de su llegada. Quizá ya tenían programado sus actividades o, en caso no, lo harían una vez se encuentren. Por supuesto que se llegaría a un acuerdo; esto se iría volviendo más fácil a medida que se vayan conociendo, la química emergería poco a poco hasta llegar a la fórmula correcta del entendimiento y conexión. Cuando se alcance eso, habrá mayor coordinación y se actuará más con anticipo ante cualquier eventualidad. La amistad verdadera entre dos seres representa la dupla perfecta.

Las líneas dedicadas al Principito durante su relación con el zorro no son prolijas como los capítulos de un libro promedio, pues la obra de Antoine de Saint-Exupéry no se caracteriza por ser extensa ni mucho menos detallista, pero sí concisa y con el uso de las palabras adecuadas que se abren a interpretaciones innumerables. El autor no pierde el tiempo enredándose en la historia, pues elige bien lo que tiene que decir. Le bastó poco más de quinientas palabras para contar una historia de amistad sin precedentes en la literatura universal hasta la fecha de la publicación del libro. De lo que relata el escritor es posible sacar conclusiones y hasta uno mismo crear los detalles, una tarea del lector que, lejos de ser pesada, es entretenida y que exige de nuestra creatividad o imaginación, pero esta exigencia no es vista como imposición, más bien como una forma de llevar nuestra mente fuera de la realidad, momento que nos desestresa al nivel de hacernos soñar por unos minutos. Muestra de ello lo podemos ver en pinturas, poemas, viñetas y hasta historias extendidas, cada uno inspirado en el Principito. Esto, en general, viene a ser el arte en su máxima expresión originado de la poslectura.

Incluso en el Facebook se pueden encontrar varios grupos y fan pages dónde los usuarios comparten, reaccionan y comentan sin cansancio (me incluyo) todo lo que respecta o se relaciona con el libro El Principito. El piloto, la rosa y el zorro son los personajes principales de mayor importancia. Las frases que dice el zorro, como la que se está analizando, se han grabado en la memoria de miles de lectores del libro. Es importante recordar que el zorro conocía mejor a los hombres que el Principito. Su vida en la Tierra, pese a estar alejado de las sociedades humanas, no estaba del todo solitario, de vez en cuando se topaba con una persona. En cambio, el Principito vivía en su planeta solo al lado de su rosa, y hace poco que recién había conocido a algunos individuos, a cada uno en su planeta, que también estaban casi tan aislados como él, de forma distinta y a la vez parecida. El zorro, por lo tanto, tenía mayor experiencia de la vida; muestra de ello eran las frases que aplicaba o usaba con el joven príncipe. Este último aprendió más del primero que lo que fue al revés. Uno era apenas un niño que empezaba a conocer el mundo (universo) y otro ya quizá un adolescente con más vivencias en su haber.

La amistad entre el Principito y el zorro adoptó el rito de encontrarse a horas programadas, costumbre que es la columna de cualquier relación estrecha y sincera. Vale resaltar que la puntualidad debe ser primordial como señal de respeto. Es una virtud, que si ambos no la tenían, se irá forjándola con el pasar del tiempo. Si todo marcha bien y el entendimiento va mejorando, se hará más fácil la espera, y la paciencia se fusionará con el entusiasmo hasta volverse una espera reconfortante el tiempo previo a cada encuentro. Si ese sentimiento perdura es porque también se supo ser fiel al ritual. La dicha será tan fuerte como el primer día que se programó el encuentro. Esto es difícil de lograr pero no imposible. Si dejas de desearlo, es por falta de interés o aburrimiento. Y lo más sensato, es dejarlo ahí. Tal vez haya otros caminos.


Frase 20: “Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y, sin embargo, algo resplandece en el silencio…”

Pensó el piloto mientras conversaba con el Principito durante sus últimos momentos al lado de él. El hombre sabía que el niño estaba por despedirse. La soledad del desierto sería el escenario donde el Principito desaparecería, el lugar donde todo empezó sería también dónde todo acabaría.

El Principito ya no tenía más qué hacer en la Tierra. Además el piloto había entablado una estrecha relación con él. Pero el momento de regresar a su planeta (a su mundo) no tenía por qué aplazarlo. Allá seguía su rosa esperándolo, los baobabs tal vez ya amenazando con invadir el terreno, sus volcanes separados entre sí y todo lo demás que constituía la experiencia previa a su viaje por el universo. El piloto conocía eso en general y tenía que dejarlo ir. Bueno, hasta esta parte de la serie de análisis de frases y reseñas que se viene haciendo en este blog, ya sabemos que el Principito en realidad no desaparece del todo de la vida del piloto, sino que —como representa el yo de niño— ambos volverán a ser uno solo de manera más conscientes, puesto que el crío vivirá dentro del adulto ahora de forma más intrínseca.
¿Pero qué significa amar el desierto? Vamos por pasos. Primero, empezamos con fijarnos a que en el desierto solo se ve arena y de vez en cuando un cactus o un animal que se escabulle o esconde en su superficie. Segundo, a veces pasa mucho tiempo hasta no ver más que arena. El sol que quema con fuerza durante el día y la oscuridad que trae el frío por las noches hace de este paraje una región hostil, en la cual uno no podría estar más solo (literariamente) de lo que estuvo durante toda su vida. Tercero, hay momentos dónde solo estás sumergido en tus pensamientos, y es cuando el tiempo transcurre más lento. En el silencio algo resplandece y ese resplandor para el piloto no es otro más que el Principito. El niño, su yo-niño, representa la luz de esperanza que aparece de repente y que una vez que ha cumplido la misión de devolverle la seguridad y el temple, simplemente regresa a su interior para yacer ahí y volver a manifestarse cuando la necesite de nuevo. Por último, esa luz ya no estará dormida como la estuvo durante el largo tiempo que el piloto se había olvidado de cómo es tener la mente de un niño. Esa luz, ese resplandor, vivirá en el corazón ahora, presta a emerger en los momentos que más se necesita de la esperanza y de elegir lo que es bueno tanto para nosotros mismos como para el resto a la vez.

La caída del piloto en el desierto es una analogía al momento en que los seres humanos tocamos fondo. Es allí donde necesitamos estar en soledad, sin nadie que nos perturbe más de lo que ya estamos. Solo podemos hablar con nuestra consciencia, y en el caso del aviador, su consciencia es el propio Principito, según lo dije ya muchísimas veces desde mi punto de vista.

La luz, el resplandor, apareció en medio de la nada, el Principito apareció en medio de la nada. El único en medio de la soledad del desierto quien puede hacer compañía al piloto, es el Principito. Se abre un encuentro con el interior del ser, similar a cuando se despeja la mente al practicar yoga, en dónde empiezas a conocerte más a ti mismo. Amamos esta soledad porque en ella encontramos refugio. Pero llega el momento donde ya quieres huir de ella y volver al mundo real para enfrentarlo. El desierto también significa eso. No solo es el paraje dónde se toca fondo, sino dónde te compenetras más contigo mismo, dónde tus pensamientos se escuchan como gritos, lejos de cualquier otra señal de vida.

Pero permanecer mucho tiempo en soledad no es saludable. El hombre por naturaleza es un ser sociable y la necesidad de volver al mundo real y estar rodeado de sus semejantes se va a manifestar en cualquier momento. Una vez se haya consumado el tiempo en soledad, se querrá solucionar lo pendiente. Con la dicha solución en mente, uno está preparado para salir de los aprietos. El mundo real lo espera pero esta vez aparecerá más fuerte, con más humanidad, con más decisión. Tras tener una visión mística o encontrarnos al borde de la muerte, no volvemos a ser los mismos. La soledad por un tiempo prolongado nos atormenta el corazón, dejándonos huraños y antisociales; mientras que la soledad por un tiempo determinado o suficiente para entrenar nuestro espíritu, nos renueva y los dolores se vuelven parte del pasado, que, en lugar de renegar por ellos, agradecemos más bien haberlos experimentado, porque aprendimos mucho más de lo que imaginamos.

El piloto, involuntariamente, hace una especie de entrenamiento espiritual o una lucha interna dónde acabará siendo una de dos. En este caso, no habrá segundas oportunidades, es ganar o perder. Si sale victorioso, vivirá; pero si no lo logra, solo lo aguarda la muerte. ¿Y quién fue el que vino a salvar de la muerte al piloto? Pues él mismo, su yo de niño, el Principito. Fue su yo del pasado quién le salvó, el resplandor en medio de tanto silencio, en medio de aquella paz, que si se alarga puede convertirse en pesadilla. Una carrera contra tiempo se armó desde que el avión del piloto se estrelló contra las vastas arenas. El Principito fue el quién le ayudó a recobrar la esperanza para que su nave levantara de nuevo vuelo. Y aunque el niño a simple vista no parecía ayudar en nada, en realidad lo hizo desde el primer momento que se apareció ante el piloto, su yo de adulto.


Frase 21: “Cuando uno está muy triste son agradables las puestas de sol.”

Dijo el Principito al piloto. Todos los seres humanos tenemos un lugar preferido o un sitio donde nos sentimos más cómodos, allí donde pensamos y meditamos sobre la vida. Cuando uno se siente triste no solo desea que alguien le consuele o le haga compañía, muy al contrario sucede muchas veces, cuando lo que se busca es estar solos. El Principito en su planeta, pese a ser muy pequeño, tenía problemas como cualquier persona, pues no existe una vida sin ellos, siempre se tendrá que lidiar queramos o no para así estar en paz y regocijo absoluto, al menos eso es lo que se busca pese a no conseguirla completamente, a excepción de muy pocas veces. A la mayoría les basta con vivir cómodamente, con problemas menores y pesares temporales o leves. Reconforta la buena salud, la buena economía y el amor mutuo, principalmente. Con estos tres elementos en la vida, uno puede ser feliz. Sin embargo, hay momentos de tristeza que son muy difíciles de afrontar y que uno no se lo espera la mayoría de veces. Allí es que acudimos al lugar donde nos sentiremos mejor, o esperamos que así lo sea. Nos agrada de alguna forma, porque no solo somos felices al lado de alguien, sino también, en un determinado lugar.
Al Principito le agradan mucho las puestas de sol, y es por eso que siempre que podía se sentaba para apreciar una. Un niño romántico y con alta sensibilidad es quien es el Principito. Con un gran corazón, que solo los niños son capaces de tener. Jamás ofendió ni hirió a su rosa en todo lo que se puede leer en el libro. Él simplemente agacha la cabeza, se retira y se aleja para pensarlo mejor y de esta forma encontrar respuestas a base de otras experiencias. En sus momentos tristes, el niño no pierde el control. Se tranquiliza. Se relaja. Se calla. (Ya debería haber aprendido más sobre él). Es un ser que mantiene la calma, es un ser que no deja de sorprendernos si volvemos a recordarlo, porque cada vez que lo hacemos, descubrimos algo nuevo, aprendemos algo nuevo, o algo que ya sabíamos, pero que no aplicábamos. Se siente como un jalón de orejas. “¿Cuándo vas a aprender?”, hay una voz que nos habla desde adentro, y luego nos damos cuenta que es el mensaje que nos deja Antoine de Saint-Exupéry. El autor, por aquellos años, quizá ni se imaginó que su principal obra seguiría cambiando las vidas de muchas personas en el mundo. Y “El Principito” no ha tenido que ser necesariamente un libro de autoayuda para “corregir” la vida de sus lectores, porque a experiencia propia, más me han servido los libros filosóficos que los del estilo de Kiyosaki o Cuahutémoc. Porque para ser feliz no seguimos los métodos o caminos que se nos recomiendan o imponen, ni tampoco para ser exitoso necesariamente tienes que ser rico. Cada uno es libre de elegir, cada uno entiende la fortuna de forma distinta. En el Principito no hay reglas qué seguir, no te muestra directamente formas de salir adelante. El Principito es un libro para interpretarlo por uno mismo. El secreto de su éxito está en descubrir sus mensajes. Es como que te quitan el velo lentamente y poco a poco vas entendiendo la verdad y respondiéndote a ti mismo qué es lo que debes hacer.

Ver una puesta de sol es ver acabar el día lentamente. Ser conscientes de que la Tierra sigue girando, que el ciclo de la vida no se detiene pero tampoco va rápido. El tiempo avanza tan pacientemente como si supiera qué ocurrirá mañana. Ver un ocaso es ser testigo atento de que la noche es tan distinta al día, pero aun así, todo sucede en el mismo lugar. El Principito, por ser niño, sentía que el tiempo corría más lento, pero en realidad el tiempo avanzaba al mismo ritmo que en la vida de cualquier adulto. Pero la vida de muchos de nosotros va a un ritmo acelerado, que pocos se toman la “molestia” de apreciar lo bello de los detalles. El mismo ambiente o círculo social hace que las horas pasen en un santiamén, tal y como ocurre con el farolero. Ese hombre no era feliz, para él su rutina no tenía fin, y las puestas de sol eran tan comunes, que no había tiempo de apreciarlas porque sucedían tan rápidas. Era tan infeliz, que ni siquiera se daba el tiempo para estar triste. Aunque suene paradójico, eso es peor, porque pierdes mucho de tu humanidad, puesto que solo pareces un mero autómata, sin otras opciones ni tener más que elegir que su miserable vida, a menos que dé un giro de ciento ochenta grados.

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Y con esto termino el análisis de tres frases más del libro El Principito del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry. Francamente, no sé cuántas más haré, pues durante estos días no he podido ni tampoco sé si podré publicar mucho debido a las tragedias que he vivido últimamente en mi familia, producto de la pandemia mundial de Coronavirus. Espero pronto pase todo esto, ya que poco a poco estamos superando los duros momentos.
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domingo, 24 de mayo de 2020

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El Principito: Análisis a fondo de Frases del libro (Post Complementario – Parte 6) / Reseña Literaria

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Leer “El Principito” es como darse un paseo por la consciencia. Ahora, ya de adulto, lo siento así. Cuando lo leí de niño me entretuvo, y aunque no había leído todos los capítulos, pude leer algunas de las frases más importantes de la obra de Antoine de Saint Exupéry. Aprendemos mucho con esta novela infantil-filosófica. De adultos, emerge de nuevo lo que habíamos olvidado, todo aquello que vivía en nuestra alma de niño, la inocencia, la seguridad, el optimismo, la generosidad, la empatía, y muchos más sentimientos que dejábamos en segundo plano; pero lo que más renació es el Amor y la amistad. Cada personaje en el libro cumple un rol importante y están bien pensados por el autor.

Y como ya se está haciendo hábito en este sitio, aquí el análisis a fondo de otras tres frases del libro “El Principito:

Frase 16: “Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.

Dice el Principito a la serpiente cuando llega a la Tierra. Y es curioso que hable justamente con ella sobre el tema, ya que las serpientes son el símbolo de la traición. Cada estrella o cada señal que nos da la vida en algún momento son porque te quieren decir algo importante y si te descuidas o haces caso omiso, irás tomando el desvío que te llevará a ningún lugar prometedor. Muchos son los factores que nos distraen la mente para entender estos mensajes, entre ellos están las malas compañías o todas aquellas personas que no desean que surjamos, todas simbolizan, por lo tanto, la traición.
La vida nos da un sinfín de oportunidades, con metas unas más fáciles de alcanzar que otras, al igual que pasa con las estrellas que algunas están más cerca que las demás. Uno elige a dónde dirigirse. La mayoría opta por el astro más cercano porque sabe que no le demandará mucho esfuerzo y rápidamente podrá alcanzar el éxito y la felicidad. Pocos son los que deciden ir más lejos, hasta los confines del universo, hasta donde está la estrella más lejana, pero que se va haciendo la más brillante a medida que uno va aproximándose. Porque a mayor esfuerzo, mayor será la recompensa. En nuestros viajes nos encontraremos con diferentes distracciones, tal vez planetas dónde todo es fiesta o mundos dónde cada uno puede hacer lo que desea sin ley ni gobierno.

El Principito había empezado su viaje partiendo desde su planeta, encontrándose con varios personajes de los cuales fue descubriendo y aprendiendo muchas cosas. Él cuando se fue de B-612 aún no sabía a dónde exactamente quería ir, sabía sí que debía llegar lo más lejos posible con tal de encontrar respuestas que le tranquilizarían el corazón y por lo tanto se sintiera pleno. Fue así que llegó a la Tierra, tras conocer primero a otras personas en mundos distintos. Pero, el Principito seguía buscando su estrella, es decir, su sueño, que a un principio ignoraba que lo haría madurar a través de la revelación del comportamiento de los seres y del significado de muchos sentimientos de aquellos.

El Principito era apenas una inocente criatura cuando se alejó de su rosa y de su planeta. Durante el transcurso de la historia, el niño va abriendo los ojos. Se vuelve una especie de autodidacta, así como su alter ego, el piloto, y también su fiel amigo, el zorro.

El sueño del Principito era irónicamente regresar a su planeta. Pero, ¿por qué? ¿Por qué irse si acabaría regresando? Pues, porque quería volver, como adelanté, con respuestas, con un mejor concepto de la vida y la realidad. Quería encontrarse así mismo, su mejor versión para ser mejor persona en su mundo, y para eso tuvo que aprender y conocer tanto las virtudes como los defectos de los demás. El Principito crea una simbiosis humana profunda con el piloto que lo ayuda a crecer. Es un viaje de ida y vuelta, una ida que todo lector conoce y una vuelta que supone un cambio de etapa en la vida del ser humano. Narrar el viaje de vuelta es innecesario, el lector ya deduce lo que Saint-Exupéry marcó como tácito.

El Principito pasaría a formar parte del subconsciente del piloto. El mundo del niño estaba dentro del piloto.

Luchar por nuestros sueños nos hace ser más humanos porque esta lucha nace del espíritu. Nada ni nadie externo nos debe dominar para desviarnos del camino. Siempre con la vista hacia arriba en busca de nuestra estrella. Ella nos llama y debemos dirigirnos hacia su voz. El Principito aún no lo sabía con exactitud a un inicio pero su destino ya estaba marcado y solo se dejó guiar por la intuición y los dictados de su corazón, que son nada menos que la estrella que fulgura.

Las indicaciones están por todos lados. La vida es como una calle con señales por doquier. Tenemos que estar alertas y con el sentido de la intuición activo para coger la mejor ruta. Prever cada giro o movimiento, no distraernos en asuntos banales ni perder el tiempo en nimiedades, tampoco detenernos en zonas rígidas; puede que no sepamos cuando acabaremos en medio de un atolladero, pero allí es cuando debemos ser pacientes, ya que conservar la calma nos alimentará el espíritu, y cada prueba nos hará más fuertes.

Todos tenemos la capacidad de encontrar nuestra estrella. Ella siempre brillará para nosotros. Nos está llamando, nos está diciendo “acá estoy”, “ven, que te espero”, “no te rindas”. Allí está ella. Vayamos a su encuentro, seamos inteligentes y decisivos a la hora de avanzar, armémonos de coraje y tesón. La gloria viene luego de la penuria, pero solo la alcanzarás sino te rindes. En cambio, si no haces todo lo antedicho, tu estrella irá perdiendo su brillo y pronto va ser más difícil distinguirla en el firmamento. Sígala ya, porque pronto será imperceptible, mucho más que al comienzo de tu viaje. El asunto es acercarse, no alejarse.

Durante el camino a nuestros sueños habrá muchos obstáculos. En el Principito, la serpiente representa primero la traición que acecha pero que evita actuar ante la inocencia de un niño. Pero ya una vez al final, la serpiente toma el papel de “cambio de ciclo” o del salto a la siguiente etapa. El Principito retornó a su mundo, se despidió del mundo de los adultos para volver así al suyo. Él ya había conocido la amistad y ahora podía entregar mejor su Amor.


Frase 17: “Sólo se conocen bien las cosas que se domestican.

Dijo el zorro al Principito. Tener amistad con alguien no es sencillo de alcanzar. Cada persona es única; por muy parecida que sea con otra, jamás se podrá ser exactamente igual a pesar de años de convivencia. No existen las almas exactamente iguales, o como se dice las almas gemelas; el concepto está mal interpretado o mal dicho. En este caso se deberían llamar "almas compatibles", pues la una y la otra juntas forman dos piezas que se juntan, como un rompecabezas. Ambas se complementan, lo que le faltaba a una lo tenía la otra y viceversa. Juntos pueden llegar lejos.
Cuando el zorro usa en el Principito el término “domestican” se entiende que se refiere al hecho de querer imponer al otro a cambiarle a su imagen y semejanza, o sea, de obligarlo a ser cómo él. Ahí es cuando hay un choque de personalidades. Conocemos cuáles son los defectos de cada quien, porque hay un rechazo como respuesta a la imposición. Todos queremos ser libres y a la vez ser complacidos. No es simplemente domesticar y ya, para que solo uno sea feliz o al menos cree que lo es. Tiene que haber reciprocidad, entendimiento y comprensión, y según lo que en el Principito se da a comprender, ambos deben domesticarse, hacer una fusión de personalidad, acentuando las virtudes y eliminando los defectos. Para eso debe existir el diálogo permanente, sin tapujos ni secretos ni mentiras. Es clave mostrarse tal y como se es.

El Principito y el zorro aprendieron mucho viviendo su relación de amistad. Esto permitió al Principito tener una mejor perspectiva de la vida y cómo debería ser o actuar con su rosa. La amistad le ayudó a madurar. El Principito y el zorro se conocieron muy bien, pero había respeto y fidelidad, ninguno imponía su parecer al otro. La domesticación consistía en respetar el espacio de cada uno y saber aguardar el momento de encontrarse. Todo se trataba de disciplina y autocontrol. No había reclamos de ninguna parte. El Principito, para ser un niño, era muy maduro para su edad. El tiempo que pasó con su rosa le hizo ganar experiencia. Sabía cómo manejar mejor la situación, sabía cómo controlar mejor sus emociones y deseos. Su amistad con el zorro estaba libre de malicia, las visitas se transformaron en un hábito y extrañarse cuando no se veían era normal. Pero no había presión, todo seguía su curso, se dejaba fluir la amistad lentamente, sin estar pendientes del día que tendrían que despedirse. Por el respeto que se tenían, no había reproches, pues el Principito sabía que tenía que seguir con su viaje y el zorro sabía que era la misión de su amigo irse. Vivieron felices el tiempo que pasaron juntos.

El Principito al fin entendió cómo debía tratar a su rosa o cómo encontrar con ella una mayor comprensión. La relación de amistad con el zorro sumó muchos puntos que lo hicieron ser un mejor ser humano, con más tacto y menos imprudencia. No dejarse enternecer por la belleza física ni cautivar por las apariencias. Cada quien tiene belleza, pero lo que vale realmente, es la belleza interior. Bastaba rescatar eso de la rosa, adentrarse en su alma para entenderla y ponerse en su lugar; sólo así había opción de mejorar la relación. Y ya desde que el niño se alejó de su planeta, dejó a la rosa sumergida en sus pensamientos, haciéndose un análisis de sí misma a través del espejo de su consciencia. Sola, mejor dicho sin el Principito a su disposición, empezaría a valorar lo que tuvo, todo lo hermoso de las buenas atenciones que el niño siempre le daba sin protestas. La atención, el aprecio, el cariño, la preocupación, el agradecimiento, entre otras muchas dádivas, deben emerger de los dos. En todo el tiempo que la rosa estuvo solitaria de hecho que hubo aprendido tanto como el Principito. El niño ya no lo sería tanto y la rosa sería más fuerte y segura, con gran amor propio, lista para ofrecer su corazón con total abnegación al único ser que era un pan de Dios con ella. Ahora no dejaría que se marchara, no impidiendo o jalándolo de la manga, sino dándole el espacio y la atención que él se merece. Así el Principito se sentiría más a gusto y siempre amaría a la rosa.


Frase 18: “Nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, o no, a una rosa.

Dice el piloto recordando al Principito cuando el niño desapareció en el desierto. El hombre pensaba en lo que podría estar sucediendo en el mundo del niño. Nadie es capaz de tener el control de todo lo que pasa. Por más que se planea algo por mucho tiempo, los resultados siempre suelen ser diferentes a lo que creíamos. El curso de la existencia es impredecible.

El Piloto dibujó un cordero para el Principito y este último lo llevará a su planeta y así le ayudará a acabar con los baobabs que crecían rápidamente. Pero luego el niño temió por su rosa porque pensó que el cordero no podría distinguir qué es comida y qué no, por lo que su amada corría peligro de ser devorada. Así que el piloto le dibujó un bozal para que usará el cordero. Esto pudo tranquilizar al Principito. Pero luego el piloto, cuando ya el Principito se había ido, hizo memoria y se dio cuenta que el bozal no tenía cintas para sujetarlo a la boca del cordero. Por eso el seguía sin conocer a ciencia cierta qué es lo que pasaba en B-612. ¿Cómo saber si todo estaba bien? El recuerdo lo ponía melancólico, pero interiormente no perdía la esperanza de volver a encontrarse con el Principito, lo dijera o no.

Al piloto le preocupaba la rosa del Principito, porque sabía que ella era lo más importante para el niño. Pero con todas las cosas nuevas que había aprendido el Principito también sentía algo de confianza en que él podía arreglárselas por sí solo.

Es imposible, muchas veces, tener el control de lo que no está cerca o a nuestro alcance. El Principito aprendió a pescar y no solo a recibir el pescado, aprendió a sobrevivir y a cuidarse por sí mismo, incluso más que antes de partir de su planeta. El Principito podía solucionar todo tipo de problemas con las enseñanzas que fue juntando durante su viaje.

El universo sigue expandiéndose, sigue evolucionando; la vida sigue su curso y de algún modo se abrirá camino. Todo es cambio, adaptación, saber sobrellevar. Madurar es lo mismo que adaptarse y saber afrontar. Cómo sea, el Principito se las arreglaría con su rosa, el cordero, los baobabs, y todo lo demás en su mundo. Nadie dijo que sería fácil. Y creo que ya lo he dicho en el análisis de otra frase: La vida es toda menos aburrida.

Por la cabeza del piloto pasarían un montón de pensamientos. Se imaginaría al Principito en un gran número de situaciones, en las que tendría que luchar solo a base de ingenio e inteligencia. Pues ya conocía mucho más de la vida y las probabilidades de que fallara eran mínimas. No cometería de nuevo errores con su rosa ni con su recién llegado cordero, tendría por eso que mantenerlo a la mira, de todas formas. El piloto, aunque no pudiera controlar lo que ocurre a lo lejos, tendría que confiar en la experiencia y capacidad del Principito. No era fácil, pero debía de hacerlo. Su amigo estaba lejos y a la vez cerca, lejos en B-612 y cerca en su corazón. Sin embargo, el adulto aprendió más que el niño en este sentido. Lo importante es que ambos ya sabían lo suficiente, pues la experiencia vale más que todo el oro del mundo cuando uno quiere vivir mejor, sin tribulaciones ni discusiones.

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Termino el análisis a fondo de tres frases más del libro El Principito. En esta oportunidad me atrasé en la fecha de publicación de esta edición, que era de una cada cuatro días. Lamentablemente no pude cumplir con lo establecido, puesto que el factor tiempo me ganó, debido a esta crisis mundial que estamos viviendo y que espero que acabe pronto esta pesadilla. Durante estos últimos días estuve publicando en mi otro blog (Me Escapé de Casa), pese que algunos de mis seres queridos también han sido víctimas del virus. En este otro sitio subo noticias de actualidad y todo tipo de novedades útiles. Ahora, en Tu Lector Ideal por supuesto que pienso seguir brindándoles mis análisis de frases de la pequeña gran obra de Antoine de Saint-Exupéry. Apenas tenga listos mis líneas, las estaré publicando.
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domingo, 17 de mayo de 2020

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El Principito: Análisis a fondo de Frases del libro (Post Complementario – Parte 5) / Reseña Literaria

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Al libro “El Principitolo leí en hora y media más o menos, pero no solo una vez. Los tiempos que me tardé en leerlo no se comparan con el tiempo que me dediqué a analizarlo y escribir sobre él. Antes de tomar mi laptop y empezar a digitar todas las palabras que voy dedicando hasta ahora a la maravillosa obra de Antoine de Saint-Exupéry, me siento a pensar por horas a modo de filosofar un rato y reflexionar a través de muchos fragmentos que capturaron mi atención. La novela está sembrada de frases, es una jungla de frases por así decirlo. Y aquí de nuevo regreso con otro post de análisis, el quinto de su clase.

Léanlo y dedíquense el tiempo que deseen:

Frase 13: “¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?”

Esta frase solo necesita ser una pregunta. Es una interrogante que el Principito abre al hombre de negocios. La respuesta que obtuvo fue: “Me sirve para ser rico”. Pero el Principito no se rinde y sigue preguntando: “¿Y de qué te sirve ser rico?”. A lo que el hombre de negocios le responde: “Me sirve para comprar más estrellas”.

El concepto de esta frase ha sido usado de distintas formas. El refrán que más se asemejaría sería “quien mucho abarca poco aprieta”. Porque, ¿de qué vale tener tantos bienes o acumular tanto tiempo para sentirse satisfecho, si de nada servirá en un futuro? Sabemos que eso no es la verdadera felicidad y el quien dice que la es, se engaña a sí mismo con la falsa ilusión de que las riquezas materiales son sinónimo de éxito. Ser rico no supone que seas feliz. Hay más pobres felices que ricos. La gente humilde valora cada ser y cada cosa que tiene en su vida con tanta devoción porque se concentra mucho en ellos, ya que por ser tan pocos, tienen más peso. En cambio, uno que tenga tanto, sobre todo cosas, tendrá muchos “sobrantes” que no le servirán jamás. Todo lo que acapara será en vano. Se podrá dar lujos y una vida pudiente, todo eso, pero menos felicidad. Hombre que quiere más y más, es un hombre infeliz.

Llega un momento en la vida de muchos hombres que consiguen todo lo que han querido en la vida. Se sienten plenos. Sin embargo, aunque ya posean lo suficiente para ser felices, ambicionan aún más. Desde ese momento empiezan a alejarse de la felicidad para vivir ansiosos y deseosos de lo que sea, incluso de lo que no saben ni para qué le servirá.

El hombre de negocios ha adoptado a la avaricia en su vida. No contento con unas cuantas, sigue acumulando más estrellas en su cuenta. Quiere tenerlas todas o dice ser poseedor de todas. Ocupa su tiempo completo a acumular las riquezas del espacio en números contabilizados. Tiene tantas en su haber que, por irónico que parezca, ninguna le da beneficio. Ciertamente no disfruta de ninguna. Solo puede verlas desde su escritorio y contarlas, nada más. Se concentra tanto en su labor que se desentiende de lo que pasa a su alrededor, es por eso que cuando el Principito pasa a saludarlo, el hombre evita prolongar la plática con el niño. Sentía distraerse y por lo tanto podría fallar en su contabilidad. Eso sería desastroso a su parecer. Que un niño venga a desestabilizar su “patrimonio”, con el simple hecho de entablar conversación, lo cogió desprevenido. Necesitaba concentrarse y así que a seguir con sus cuentas hasta que anotó en un papel la cifra de estrellas que decía eran de su propiedad. Alrededor de su planeta nadie reclamaba el espacio, excepto el hombre. Y en el caso que otro vendría a querer adueñarse, no se lo permitiría, porque simplemente ya contó las estrellas y el número lo tenía apuntado y guardado en un lugar seguro. Es algo así como el dinero que los ricos guardan en sus bóvedas o bancos y jamás usan, es capital muerto, son cifras congeladas que quizá en la vida utilice. Habiendo tanta gente que se muere de hambre (que necesite la luz de una estrella para tener calor), ¿por qué no dársela a ellas? ¿De qué sirve tener tantas mansiones construidas en terrenos que antes eran del pueblo, en lugar de tener una sola casa con las comodidades básicas? ¿De qué sirve tanta ropa o banquetes a diario, en vez de vestir o dar de comer a los que más necesitan? Cada segundo se talan árboles con el sello de la ambición, igualmente muchos pierden sus hogares, se quedan viviendo en la calle sin tener siquiera para un pedazo de pan. Ricos que botan la comida que les sobra o que matan animales para vestirse abundan en el mundo. Hay tantas riquezas que si serían repartidas equitativamente ningún ser humano pasaría hambre, incluso viviría cómodamente.

El Principito, en su inocencia, no entendía porque los adultos eran tan raros. El muchacho desconocía el egoísmo y la avaricia del hombre hasta el día que se encontró con el hombre de negocios. Mucho se parece también este adulto a los corredores de bolsa que se meten a la dura carrera de acumular riquezas. Su rutina consta de estar sentados en su oficina o cubículo la mayoría de horas que están despiertos. Cuando descansan siguen hablando de eso, sobre cifras, cuentas, subidas, bajadas, etc. Dicen llamarse emprendedores cuando no son más que avaros que solo piensan en el beneficio propio, el altruismo no existe para ellos, mucho menos las palabras “suficiente” o “basta”. Quieren superar a todos económicamente en una eterna riña entre quien es el mejor estratega en llenarse los bolsillos.

Al Principito no le simpatizó el hombre de negocios, ni viceversa. Eran dos polos opuestos. El corazón del niño era noble, libre de pecado y libre de perturbaciones. Nuestro héroe era feliz a su manera.


Frase 14: “Bebo para olvidar que soy un borracho.”

Responde el borracho al Principito cuando este último le pregunta ¿por qué bebe? Esta frase se forma juntando las respuestas del capítulo. En otras ediciones, el borracho responde con la frase: “Bebo para olvidar que tengo vergüenza de beber”.

Parto diciendo que el alcohol produce amnesia temporal. Pues, eso cualquiera lo sabe, pero lo recalco porque lo que dice el borracho en su capítulo es una realidad muy cruda, que algunos dan pena y a otros cólera, o quizá un poco de ambos, como es mi caso. Siento lástima ver a una persona que se hunde en el alcohol y a la vez me molesta sus actitudes malsanas. Es así. Ver a un individuo en el más aberrante estado de ebriedad causa repulsión al primer momento.

El borracho en El Principito de una forma u otra era consciente de que su miserable existencia. Beber lo hacía olvidar que era un desgraciado y que su vida estaba tirada por la borda. Estaba tan hundido en el lodo que sacarlo del fondo era tarea de valientes, de un profesional con mucha experiencia en el manejo psicológico de las personalidades, pero, en tal caso, más dependía del afectado y no del quien intenta ayudar. Si el borracho solo busca la solución de seguir libando para olvidarse que era un infeliz, e insiste en seguir dicho camino, nada se podrá hacer para sacarlo de su miseria. La familia y los buenos amigos suelen ser los que más luchan por sacarlos del vicio, porque no soportan ver a alguien que aman tan destruido por su falta de autocontrol.

El borracho tendrá más vergüenza si en su vida pasada había sido alguien influyente o importante, conocido por medio mundo por su intachable conducta y estatus social. Con más razón beberá, dado que en pleno estado etílico no se acordará que antes fue un hombre de éxito, y que por avatares del destino cayó en la más profunda depresión que lo obligó a refugiarse en las copas. Un borracho no es borracho porque quiere, las circunstancias de la vida lo llevaron a tomar tal decisión, podría haber sido la muerte de algún ser querido, la bancarrota de su empresa o tal vez una decepción amorosa que le rompió el corazón. Aquí es cuando el ser humano demuestra de cuán fuerte puede ser, es decir, de cuánta fuerza emocional tenga para dar la cara ante las adversidades y saber superar los problemas. Ya si sigue insistiendo en beber es porque empezó siendo un cobarde y ahora es un estropajo con la visión tapada; se encierra en su propio dicho y rechaza la ayuda porque no está seguro de si lograría levantarse y teme volver al mundo real, poniendo como escudo de mediocridad la frase “qué dirán”.

Si tuvimos las pelotas para hacer que nuestro hígado y estómago aguanten tanto alcohol, debemos tener también el coraje de enfrentarnos de nuevo a la sociedad y renacer como el ave fénix. Ya previamente escribí algo al respecto en el análisis de otra frase del libro El Principito, cuando menciono que tú eres el dueño de tus emociones, nadie tiene ni debe porque influir en tu estado mental, cada uno decide si lo toma de ofensa o lo deja pasar. Salvo que haya una conexión profunda entre ambos seres, la compatibilidad de pensamiento hará que ambos sientan casi lo mismo y al mismo tiempo. Eso ya es otro nivel cuando conectas con tu otra mitad mientras las auras van encontrando el equilibrio.

El Principito sintió lástima del borracho. La poca conversación que pudo entablar fue suficiente para descubrir la desdicha de los hombres. En la sociedad en que vivimos, a los que llamamos parias se los trata mayormente como animales o peor, ni siquiera se intenta ser capaz de acercarse a ellos para escucharlos mientras podrían estar sobrios. Hay pocos que lo hacen. Y esto sirve de mucho para subir el autoestima de estas personas, ya que quizá después de mucho tiempo alguien les trató como seres humanos o apareció un alma caritativa para tomarlo importancia aunque sea unos minutos. Eso los llena y los hace sentirse aún importantes. De que valen como persona y de que a pesar de su condición y aspecto todavía hay gente que no les tiene asco. Cuando son mirados a los ojos pueden al fin sentir nuevamente que tienen un corazón que late dentro.

Los borrachos como el Principito son el tipo de seres que más necesitan ser rescatados. Para ello debe intervenir una persona que verdaderamente siente amor por el prójimo y con vasta experiencia en las relaciones en los diferentes entornos sociales. Aparte de ser caritativo, debes tener dotes de psicólogo, para así mantener una plática provechosa con ellos. Lo primero que se debe de hacer, es darles seguridad y brindarles confianza, que ellos confíen en nosotros y nosotros en ellos. Que sepan que hay reciprocidad. Luego irán perdiendo la vergüenza a medida que se dan cuenta que alguien les está tomando en serio. El desdichado reflexionará y se cuestionará así mismo. Si a parte de alcohol está metido en las drogas y/o actos delictivos, el trabajo del psicólogo será mucho más difícil. En todos los escenarios se debe ser constante pero sin ser en extremo persistente, porque esto a veces resulta ser contraproducente, puesto que muchos adictos lo sienten como una espina en el zapato o un mosco que no deja de rondar por su alrededor. Es molestia e incomodidad para muchos de ellos. Puede que el Principito percibiera algo, y es por eso que se fue rápido y dejó al borracho otra vez solo en su planeta.


Frase 15: “Los hombres se meten en los rápidos, pero no saben dónde van ni lo que quieren. Entonces se agitan y dan vueltas.”

Dijo el Principito tras encontrar el pozo en el desierto. Muchas veces nos vemos metidos en eventos de los que no podemos salir sin ayuda, pero hay algo más que explicar en esta frase.

La mayoría avanzan por la vida sin saber a dónde irán a parar o sin ponerse a pensar por un rato al menos cuál será su destino o cuál es su misión u objetivo que deben alcanzar en la vida. Se lanzan al río sin saber si caerán en una cascada o desembocarán en un mar o un lago. Se dejan llevar por la vida con rumbos impredecibles porque evitan tomar el control, dejan que la canoa los lleve según la corriente del río, mientras los remos se pudren en el suelo porque les da flojera cogerlos, les da pereza total empezar a tener el control, dado que se lo atribuye como algo extenuante y aburrido. Estas personas se rehúsan a realizar cualquier tipo de esfuerzo, solo se sientan y disfrutan del paseo, se dejan llevar por el vértigo y la velocidad, eso les emociona y los hace sentir felices, ignorando qué peligros podrían aparecer en cualquier momento. Solo viven el momento sin medir las consecuencias. Y cuando se dan cuenta que cometieron un error, ya estarán en medio de un remolino de agua que poco a poco les irá sumergiendo. Puede que nunca conozcan el mar porque están demasiado lejos de él.

Cuando el Principito encontró el pozo abrió los ojos del piloto, y el hombre al fin supo que debemos seguir el instinto o los dictados del corazón para hallar lo que deseamos. En ese momento el pozo era lo que más querían ambos, o mejor dicho, el agua que había debajo. Pero el piloto no sabía lo que quería exactamente o no tenía fe de lo que podría encontrar. El Principito, con su confianza inquebrantable de niño, dio con la salvación que les saciaría la sed y les rescataría de la muerte.

Cuando tomas el remo, sabes a dónde quieres ir, con la convicción que tienes sortearás un sinnúmero de obstáculos y gradualmente te irás alejando de corrientes peligrosas hasta acabar en el buen recaudo de un mar o lago, donde podrás tomar el sol tranquilamente en la orilla y sentir el agua calma sobre tus pies. Esperarás el atardecer de tus días viendo los ocasos de la playa. Llegar allá no es fácil, pero cuando vivas allá sabrás qué es lo que realmente querías, claro que era ser feliz, pero ahora sabrás cuál era la forma correcta y segura de serlo. Muchos confunden la felicidad plena con los placeres mundanos efímeros. Lo fácil pierde rápido su valor o se deteriora en un santiamén. Lo difícil, una vez alcanzada la meta, no tiene fecha de vencimiento o, mejor dicho, no habrá nada ni nadie que lo desgaste.

Pensar como niño —lo dije decenas de veces en mis posts sobre El Principito— sirve de mucho en diferentes aspectos de la vida. ¿Recuerdan que de niños querían ser de todo cuando llegaran a ser mayores? Desde carpinteros hasta astronautas, o desde cantantes hasta gobernantes. Queríamos ser lo que sea y, por supuesto, estábamos seguros de que lo conseguiríamos. Y no ocurrió. ¿Cómo se explica? Muy sencillo: Cuando uno va creciendo, va tomando consciencia y la madurez es aprender a tomar mejores decisiones de situaciones que se originan en la vida adulta, principalmente de la realidad. Nos dejamos influenciar por la sociedad que año tras año le hará olvidar nuestros verdaderos sueños, quizá suenen descabellados, pero muchos de ellos podrían lograrse. Los adultos perdemos mucho: seguridad, fe, confianza, convicción, y otros sentimientos semejantes. Los factores externos cambian nuestra perspectiva de la vida, que no debe confundirse tampoco con madurez, porque esto es degradar nuestro espíritu y la madurez es aprender a tomar mejores decisiones de situaciones que se originan en la vida adulta, especialmente.

El Principito no tuvo que dar muchas vueltas, sólo marchar directo con una gran convicción hacia el pozo de agua. El piloto no tuvo otra opción que ir con él, ya que, aunque no sabía si sería una buena idea continuar, era su obligación acompañarlo. No permitiría que una inocente criatura perezca sola en el desierto. Pero el Principito sabía con seguridad qué encontraría lo que buscaba, y es por eso que pronunció la frase cuando llegaron al pozo.

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De nuevo apliqué un poco de metáfora para el análisis de estas frases del libro El Principito. Me explayé como de costumbre, esperando sus apreciaciones al respecto. Más adelante vuelvo con otras tres frases.
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